Dream Chronicles 1
Soñé que mi madre pagaba por mi retiro espiritual en las montañas de Honduras, pero por alguna razón nos peleábamos —creo que era porque, más que querer enviarme a un retiro espiritual, lo hacía para deshacerse de mí unos días—, y mejor decidí merodear por las calles de mi ciudad natal. Caminaba a unas cuadras de mi casa, y es que, en mi ciudad, todo queda a unas cuantas calles de distancia.
Vi a un grupo de adolescentes haciendo maldades y fechorías, pero traté de no demostrar miedo. Sin embargo, llevaba un pañuelo, una keffiyeh, y se enredó en la bici de un niño de unos 12 años. Pensé que ese había sido el fin de mi pañuelo palestino, pero fue amable y me lo devolvió.
Llegó el momento de regresar a mi casa, pero tenía miedo; todavía faltaban tres cuadras para llegar. Siempre dicen que esa calle del estadio es bastante peligrosa, así que le pedí a dos niños de la calle que me acompañaran y me brindaran protección, algo al estilo de *Cidade de Deus*. En un descuido, los niños fueron a orinar justo en la casa de mi abuelo. Observé que, además de estar sucios y con la ropa rota, sus pantalones tenían sangre en áreas particulares.
Decidí cruzar la calle sola y, en el camino, me encontré con una chica unos cuatro años menor que yo. Le tengo mucho aprecio; nuestras familias han sido amigas por años. Su abuelo era dueño de un supermercado en mi ciudad cuando mi abuelo tenía su panadería. Me acerqué a saludarla, pero su padre estaba ahí y empezó a platicar conmigo: “Magie es muy bien portada. Magie no va al salón a hacerse las uñas. Magie es muy inteligente. Magie está cada día más linda.”
Sentí que la infantilizaba un poco, y, como no crecí con ningún hombre cercano a mí, a veces comentarios así me resultan incómodos. A veces es por celos; a veces, simplemente, me parecen extraños viniendo de un hombre. Traté de escapar de esa situación lo antes posible.
Y fue ahí cuando desperté de mi sueño, escribiéndolo aquí de inmediato.





