La Nave de Licha
cuento? ficción? realidad?
El día comenzó como cualquier otro, pero no lo era. El universo me había enviado un mensaje: un coctel de lichi, dulce y refrescante, como una invitación a la quietud de los astros. Sabía que no era un día común, como esas veces en que las estrellas parecen hablar sin palabras. En un rincón distante de la galaxia, me encontré con una estrella.
Al principio, creí que todo era tan sencillo. Pensé que amarla sería como respirar, algo que solo esperaba la oportunidad de ser aceptado. Ahí, entre las constelaciones que se reflejaban en sus ojos, todo parecía posible. Era tan fácil, tan natural quererla, tan fácil entender que el espacio entre nosotros era solo una ilusión. Si me diera la oportunidad, pensaba, podría amarla sin reservas. Pero las estrellas, siempre tan lejanas, se esconden entre las sombras de los cometas y los planetas, y aunque estuviera tan cerca, no me atreví a preguntar si su luz me pertenecía.
Nos desplazamos hacia otro planeta, como dos cuerpos que se cruzan por un destino que no sabemos cómo explicarnos. Buscamos un observatorio, no un lugar terrenal, sino una plataforma flotante entre mundos. Allí, entre las sombras y los destellos de la luna llena, me sentí más cerca de lo que nunca creí posible.
La luna, suspendida en su órbita perfecta, observaba nuestra distancia con una mirada de silencio. El ambiente estaba lleno de belleza, como un paisaje pintado por meteoritos, y, mientras todo a nuestro alrededor se volvía cada vez más oscuro, el frío comenzó a calar. Pero yo estaba flotando, suspendida entre la existencia y el vacío, deseando más cerca esa luz que era mi única guía.
Nos quedamos ahí hasta que la atmósfera se cerró, como si el lugar mismo se desintegrara con cada segundo que pasaba. La ciudad, debajo, se extendía como un mapa estelar que solo yo podía leer. Y cuando nos montamos en su nave, sentí que estábamos viajando por los márgenes del universo. Allí, en su espacio de metal y sombras, las palabras se hicieron más ligeras.
Nos hablamos de distancias, de lo que no se puede tocar, de los amores que se quedan suspendidos entre dos galaxias que nunca se cruzan. Le dije, con la suavidad de una estrella fugaz, que no entendía por qué la gravedad que nos unía no era suficiente para hacernos caer juntos.
Besos, que no eran simplemente besos, sino como la fuerza de los astros al explotar. Y entonces, al despedirse, el universo volvió a tomar su curso. No hubo promesas, no hubo preguntas. Solo esa sensación de haber sostenido una estrella, solo para ver cómo se desvanece cuando intentas aferrarte a ella.
Los días han pasado, y ahora, la estrella sigue orbitando en mi mente. A veces, en los sueños, me encuentro con su luz, tan cerca que casi puedo tocarla, pero al despertar, el espacio se abre de nuevo, como un abismo que nunca podremos cruzar. La siento ahí, a la distancia perfecta, como un amor que no puede ser. Y mientras los días siguen su ruta en el cosmos, me pregunto si alguna vez se dará, si alguna vez nuestra órbita se alineará, si algún día será demasiado tarde para que nuestra luz se encuentre antes de que el universo decida separarnos para siempre.
Tal vez ya es tarde. Ya estoy a 8.40 años luz
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